
Tomado de: www.redsemlac-cuba.net
La ciberviolencia abarca conductas como el acoso digital, la difusión no consentida de imágenes íntimas (pornovenganza), el grooming (adultos que se hacen pasar por menores), la suplantación de identidad, la exclusión sistemática en grupos virtuales y la presión para participar en retos o dinámicas de control. A diferencia de la violencia offline, se caracteriza por su permanencia (lo publicado no se borra), su alcance masivo y la posibilidad del anonimato del agresor. Las personas jóvenes a menudo normalizan estas prácticas, no las identifican como violencia y suelen desconfiar de los canales tradicionales de denuncia (familia, escuela, policía). Esto le exige a los especialistas repensar tanto la detección como la intervención.
¿Cuáles son las señales? ¿Qué pasos seguir para orientar y acompañar? Para intercambiar en torno a estas y otras interrogantes, No a la Violencia invitó a cuatro profesionales de la psicología: Claudia Cancio-Bello, Emely Corcho y Mayli Perdomo, profesoras de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, y Camila Durán, especialista de Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex).
¿Qué señales de alerta específicas del entorno digital se pueden utilizar para identificar que una persona joven está sufriendo ciberviolencia?
Claudia Cancio-Bello: Estar muy atenta a las notificaciones del teléfono, que el teléfono les suene mucho, que cuando les suene se pongan como muy ansiosas, muy preocupadas. A veces una sonríe cuando lee el teléfono, se pone contenta o ríe, porque al final es una conversación virtual con otra persona. Pero, en el caso que nos ocupa, habría que vigilar síntomas de ansiedad, de preocupación, de irritabilidad, de miedo. Una mirada de ensimismamiento, perdida, de preocupación, de no querer que le revisen el móvil y ponerse muy agresiva.
Emely Corcho: Pueden existir señales como borrar perfiles, eliminar la foto de perfil, eliminar publicaciones, cambiar el perfil de público a privado. Hay momentos en donde las víctimas se sienten culpables de lo sucedido y comienzan a eliminar sus publicaciones o perfiles, como si fuera lo que provocó el acoso o violencia. También pueden existir cambios en los patrones de consumo digital, eliminación de chats y conversaciones con el agresor; silenciar las notificaciones. Pueden existir casos en donde la víctima se encuentre constantemente conectada, como una manera de tener el control de la situación, pero esta híperconectividad estaría asociada a rasgos ansiosos.
Mayli Perdomo: En mi experiencia clínica con mujeres jóvenes que han acudido a consulta psicológica, esta ciberviolencia —siempre en relaciones de pareja heterosexuales— se presenta como una extensión más de la violencia de género. He observado, por ejemplo, que sus parejas hombres les exigen responder mensajes de forma inmediata en WhatsApp, Telegram o Instagram; también cómo les controlan los horarios de conexión y desconexión, e incluso les supervisan a quiénes siguen y quiénes las siguen en redes sociales, para luego intervenir sobre esos vínculos, manipulándolos o prohibiéndolos.
Además, es frecuente la presión para que envíen material sexual, lo que puede derivar en chantajes, amenazas de difusión o, en los casos más graves, en la exposición pública de ese contenido. Las consecuencias son subjetivadas de forma distinta en cada persona, pero siempre hay un malestar asociado a ello. Quiero subrayar algo: nada de esto ocurre solo en una pantalla. El espacio digital forma parte real de la vida de las jóvenes y el daño psicológico, emocional y social que sufren es igualmente real.
Las jóvenes llegan a consulta por malestares: ansiedad, insomnio, problemas con el estudio, con los hábitos (alimenticio, sueño), crisis de pánico o angustia sin causa aparente. Es en el despliegue del discurso, en la confianza (transferencia) de la sesión, donde empiezan a aparecer elementos del espacio digital. Aparecen indicadores de alerta verbales y relacionales, que las jóvenes mismas traen aunque no los nombren como violencia o ciberviolencia (casi nunca).
Tomando ejemplos de distintas pacientes, se pueden agrupar en tres manifestaciones: hipervigilancia digital (miedo de abrir el teléfono si suena, alerta constante al teléfono); restricción autoimpuesta (dejar de publicar fotos, borrar conversaciones, etc.); disociación entre el afecto y el nombre (solicitud de ubicación por parte de la pareja disfrazada de cuidado que contrasta con que la paciente llora o se angustia al decirlo, entre otras).
Camila Durán: Lo primero que hay que entender es que un adolescente no te va a decir «estoy sufriendo ciberviolencia». Probablemente ni siquiera es consciente de que eso es lo que le pasa y contarlo implica una serie de riesgos que calculan perfectamente: que les quiten el móvil, que les regañen, que se sientan expuestos. Entonces debemos prestar atención a señales indirectas.
Una señal clave es el cambio brusco en la relación con la tecnología. No me refiero al adolescente que está todo el día con el móvil, que es un comportamiento cada vez más habitual en estos días, sino a la persona que de repente abandona redes sociales donde antes era muy activa, se pone visiblemente ansiosa cuando le suena una notificación, apaga la pantalla cada vez que alguien se le acerca. O al revés: que no puede soltar el teléfono, pero le genera angustia. Ese cambio de patrón enciende las alarmas.
Otra señal es la somatización: dolores de cabeza frecuentes, problemas de estómago, insomnio, cambios de humor muy intensos (irritabilidad, tristeza). Cuando estos síntomas aparecen vinculados al uso del teléfono o después de haberlo usado, el cuerpo está diciendo que algo anda mal.
De igual modo, los cambios en el comportamiento en los espacios digitales, sobre todo si implican autocensura o una modificación sustantiva de la identidad digital, pueden ser señales también. Me refiero a personas que borran fotos antiguas, cambian su forma de expresarse o interactuar respecto a como lo hacían habitualmente. Esto es muy habitual, por ejemplo, en parejas: te encuentras que uno de los integrantes de la pareja deja de seguir a determinadas personas, su perfil se llena completamente de contenido relacionado con su pareja; ahí hay una dinámica de control que está erosionando la personalidad.
Muchas personas jóvenes no etiquetan como violencia conductas como el control de contraseñas, la exigencia de geolocalización permanente o la presión para enviar material sexual. ¿Cómo abordar esa brecha de percepción?
CC-B: Existen distintas maneras de abordarlo. La comunicación de campañas públicas y anuncios televisivos o de redes sociales funciona muy bien. Hay experiencias en varios países. Yo trabajaría desde la secundaria y primaria, desde sexto grado, y luego en el preuniversitario, a partir de talleres de sensibilización sobre estos temas, donde se pueda ver a otras mujeres u otras personas con experiencias desde las nuevas formas de violencia digitales, desde las redes. A partir de ahí, sensibilizaría sobre como esto es real y hace daño, desde las propias historias; o sea, que escuchen experiencias reales de otras personas.
EC: Este tipo de comportamientos está más asociado a la violencia digital de género, porque son patrones de control y manipulación que se dan generalmente en la relación de pareja y que, muchas veces, parten de una concepción de amor que ha existido siempre, pero que ahora se traslada al espacio digital.
Abordar estos casos específicos no solo debe tener un enfoque de ciberseguridad, sino que también debe partir de desmontar o deconstruir los mitos del amor romántico que dan pie a que las víctimas sientan que este tipo de acciones son formas de demostrar el amor. En muchas ocasiones, estos comportamientos presentan a la pareja como una forma de cuidado y confianza, pero lo que está en su base sigue siendo la asimetría de poder y el intento de control.
MP: Las jóvenes nombran el control como «amor», «confianza» o «cuidado», porque ese es el significante que recibió desde el constructo cultural. Los indicadores de que hay una brecha son, clínicamente, la discordancia entre el afecto y la forma de nombrarlo; el uso repetido de justificaciones del agresor; la imposibilidad de imaginar un «no» como respuesta ante los deseos de la otra pareja, entre otras. Ante la pregunta «¿podrías decirle que no a eso?», las respuestas son el silencio, la angustia, o un «no puedo».
El abordaje no es educativo (decirle «eso es violencia»). Es clínico: preguntar por el costo, «¿y eso a ti cómo te deja?», «¿cómo dormiste anoche?», «¿qué pasa si no lo haces?», hasta que la contradicción entre su malestar y el nombre que le da al problema se haga insostenible para ella. Entonces la brecha empieza a cerrarse desde adentro.
Considero que el imaginario social sigue sosteniendo que el amor romántico implica entrega total, sacrificio «abnegado» y fusión con el otro. Las niñas crecen recibiendo el mensaje –por muchas vías– de que una «buena novia» no oculta nada, hace saber por dónde caminan sus pies, debe entregar «muestras de confianza» (ej. contraseñas y ubicación). La cultura digital refuerza esto con aplicaciones que permiten compartir ubicación en tiempo real y que presentan el control como una función de «cuidado», esto es importante para entender la subjetividad de la época.
Cuando una mujer siente malestar por ser violentada (vigilada, amenazada), no encuentra fácilmente las palabras para nombrarlo, porque el constructo cultural le dice que eso es una muestra de amor. La ambivalencia, esa dualidad de satisfacción/malestar, es el producto de una contradicción real entre lo que siente y lo que aprendió que debería sentir.
CD: Este es un tema que, a mí en lo particular, me horroriza; porque te das cuenta de cuánto falta por hacer en el plano cultural y simbólico. Tú le preguntas a una persona joven si una bofetada es violencia y lo más probable es que te diga que sí, sin dudarlo. Sin embargo, si le preguntas si es violencia que tu pareja te pida la contraseña del Instagram, probablemente te diga que no o lo duden muchísimo. Muchas personas jóvenes (y algunas no tan jóvenes) ven el compartir contraseñas o la geolocalización como una prueba de confianza y es que hay toda una narrativa cultural que ha envuelto el control en papel de regalo romántico.
¿Qué hacemos entonces? Lo primero es que los adultos deben identificar esas conductas como violencia, de lo contrario no estaríamos haciendo nada. Este no es un comportamiento que nació ahora, llevamos siglos viviendo con esta concepción de que el control, los celos, son parte del amor romántico. Dicho esto, ¿cómo lo abordamos con los adolescentes? Lo primero es no sermonear: «esto es violencia, esto es machismo, hay que respetar la privacidad». En primer lugar, porque la persona no lo está viviendo así, lo está viviendo como amor y, en segundo lugar, porque en la adolescencia el adulto muchas veces es visto como un otro autoritario, que no escucha ni comprende.
De modo que el primer reto es establecer una buena comunicación con las personas adolescentes, donde no se les diga lo que está bien o mal, sino que se les permita pensar con sus propias herramientas. Una opción que usamos habitualmente en los talleres son las situaciones ficticias; de modo que puedan analizar desde fuera el problema sin verse implicados o atacados.
Desde su experiencia, ¿cuáles son las principales barreras que enfrentan las personas jóvenes para no reconocer y denunciar la ciberviolencia ante adultos (familia, escuela o autoridades) y cómo erradicarlas?
CC-B: Para mí es la naturalización de la violencia, que no es un fenómeno nuevo y que se reproduce hasta al entorno digital; aunque pareciera que no existe, lo hace y desde hace muchos años. El tema es lo virtual, nos pone a pensar un poquito sobre dónde está la violencia, dónde están los agresores, dónde están los maltratadores. Obvio, si estamos hablando de una expareja, ya está ocurriendo en un espacio también privado, por lo que es más difícil de identificar.
EC: Las principales barreras para denunciar la ciberviolencia son las propias dinámicas de las redes sociales. Las características de anonimato y asincronicidad hacen que muchos de los elementos necesarios para poder hacer una demanda legal no existan. En las redes sociales las personas pueden crear su perfil sin rostro y con otro nombre, lo que dificulta el reconocimiento legal del agresor. Esto mismo hace que las víctimas decidan no hacer denuncias, pues pierden las esperanzas de que el agresor sufra repercusiones.
Creo que, para poder erradicarla, se necesitan no solo políticas nacionales, sino que los gobiernos apliquen medidas contra los grandes creadores de estas plataformas. De manera que, por ejemplo, los usuarios puedan crear sus perfiles asociados a códigos legales de identificación y se restrinja el número de cuentas que cada usuario puede tener.
Ahora, con respecto a las barreras para reconocer la ciberviolencia, en muchos casos es la vergüenza, que puedan sentir que son formas de amor y no agresiones. Otra barrera también puede ser el miedo a perder el vínculo con el agresor, o el miedo a que el agresor pueda implementar acciones mucho más graves.
Para erradicarlo, primeramente, se debe generar conciencia sobre los diferentes tipos de violencia digital que existen y crear espacios que ayuden a la víctima a la denuncia y el tratamiento psicológico, por lo que requiere de profesionales con capacitación para ello.
MP: En el discurso de las jóvenes, las barreras se presentan en frases recurrentes. Aislamiento tecnológico: «si cuento, me van a prohibir el celular y no voy a poder hablar con nadie más, ni con él». Culpa: «yo le mandé las fotos al principio, entonces yo también tuve la culpa». Desconfianza: «los adultos no entienden», «mi madre me dice que todo por las redes es falso y ya».
Los indicadores de que una intervención funciona son, por ejemplo, que la joven decide hablar con otras amistades y adultos acerca de lo que le pasa; que deja de justificar al agresor; que puede imaginar una respuesta diferente (ej: «si me vuelve a pedir la ubicación, me desconecto»).
Cuando el adulto, familiar, docente autoridad pueda responder sin castigar, sin quitar el dispositivo, sin revictimizar, sin desacreditar, los resultados serán distintos. Muchos casos de ciberviolencia se pudieran haber evitado o ser menos graves, si la primera frase del adulto más cercano hubiese sido un «gracias por contármelo».
Existe una brecha generacional y digital, los adultos no han crecido con estas tecnologías, rechazan lo que no entienden, suele ser la salida más fácil. La primera reacción ante una problemática digital suele ser culpar, prohibir o retirar el dispositivo móvil. Culturalmente falta formación para familias, docentes, e instituciones. No se ha logrado desmontar el mito de que «lo digital no es real», «no es importante» o que «son cosas de la juventud».
Es una batalla socio-educativa que todos debemos librar, nada fácil. Ojalá estos casos no tengan que ser contados –generalmente mucho tiempo después de lo sucedido– en consulta y con consecuencias en la constitución del ser adolescente y joven. Un ser joven que no encuentra el mejor lugar «humano».
CD: Ya lo adelantaba antes, la primera barrera somos los adultos y el miedo la reacción. Desde la lógica de un adolescente, si le cuento a mi padre o a mi madre que me están acosando por internet, ¿qué es lo primero que van a hacer? Pues quitarme el móvil o limitarme el acceso. Para los adolescentes de, el móvil no es un mero aparato, ni siquiera es un medio de comunicación; es su espacio social, su ventana al mundo. Quedarse sin móvil hoy es el equivalente a no dejarte ir a la fiesta o salir con tus amigos de nuestro tiempo, significa aislamiento social y eso, en esa etapa de la vida, es un costo demasiado alto.
Luego está la vergüenza. Sobre todo, en casos que tienen que ver con envío de fotos íntimas o con haber confiado en alguien que luego les ha traicionado. Ahí no es solo el miedo al castigo externo, es la culpa interna la que paraliza. Y luego está el miedo a las represalias del agresor: volviendo al caso de las fotos, a menudo los agresores amenazan con revelar esas imágenes o exponer conversaciones.
Entonces, ¿qué podemos hacer los adultos? Pues tenemos que hablar de estos temas antes de que ocurra el problema. Si la primera vez que hablamos de la ciberviolencia es porque sospechas que le está pasando a tu hija/o, ya llegamos tarde. Tiene que ser un tema de conversación habitual; así, cuando haya un problema, el canal ya está abierto. Luego, cuando el o la adolescente te cuenta algo, lo primero no es buscar soluciones, sino agradecer la confianza, reconocer y validar lo que la persona está sintiendo. De ese modo dejamos a un lado la dinámica del adulto que impone, para convertirnos en aliados o aliadas y eso para un adolescente es importante.
¿Qué acciones concretas han resultado eficaces para modificar las dinámicas de poder y control entre jóvenes en entornos digitales?
CC-B: Aprender a usar las redes sociales, no volverse adicto. El otro día una estudiante me decía «que las redes sociales son tan fáciles. Ya si a mí no me gusta, yo lo dejo en visto o lo bloqueo, o lo reporto; pero sobre todo bloquearlo. Es muy sencillo, profe.” Entonces, hay que aprender las bondades de las redes sociales, que no siempre son un problema y a veces son una ventaja. Una de ellas es bloquear.
Por ejemplo, a mí me han enviado fotos personas que yo ni conozco y me imagino que se la manden un millón de personas más. Y lo que hago es que bloqueo el número y ya. O sea, ese por lo menos no me vuelve a escribir.
Otras acciones concretas pueden ser la compañía, la red de apoyo de otras personas que han vivido lo mismo. Yo creo que se debe aprender a usar todos los entornos digitales de una manera diferente. Eso se puede lograr a través de talleres, de la cultura, de acciones de la Facultad de Comunicación, que tiene una investigación importante sobre eso. ¿Cómo usar las redes sociales a favor de la eliminación de la violencia y no para violentar?
EC: Algunas acciones pueden ser programas de alfabetización con enfoque de género, de manera que se puedan deconstruir estas dinámicas asimétricas de poder. Visibilizar experiencias concretas y las formas en las que estas personas han podido responder a dichas situaciones.
MP: Desde mi criterio profesional, que existan talleres entre padres donde ensayen respuestas asertivas frente a situaciones de ciberviolencia que sufren o pudieran sufrir sus hijos e hijas; donde ellos puedan ventilar también sus emociones respecto al hecho.
Campañas lideradas por estudiantes jóvenes, que sean experienciales, que sea un mensaje entre pares no moralizante, lo cual pudiera generar un buen efecto. Incluir en alguna asignatura-turno escolar, un punto explícito sobre el acoso digital, para que se visibilice.
Muchas veces el agresor es otro joven, por tanto, deben existir consecuencias que inviten a la resignificación de lo ocurrido, y donde él mismo pueda reconocer el daño en un espacio mediadoacompañado por algún especialista. O sea, no buscar solo lo punitivo.
CD: Más allá de las charlas o talleres de dos horas que damos en las escuelas, lo importante sería formar a los propios adolescentes como agentes de cambio dentro de esos espacios. Puedes darles la mejor charla del mundo, pero luego la opinión del grupo pesa mucho más. El lenguaje es el mismo, los códigos son los mismos y, sobre todo, no hay una relación de poder adulto-joven que a esa edad suele generar rechazo. Esto, además, contribuiría a crear una red de detección precoz que no depende de que un adulto se dé cuenta. Seamos realistas: la mayoría de los padres y madres no tienen ni idea de lo que hacen sus hijos e hijas en los espacios digitales. Los dispositivos de control parental bloquean sitios y aplicaciones, pero muchas veces la violencia tiene lugar en espacios que no se controlan, como el chat de grupo de la escuela. Otro aspecto importante, que ha sido clave en la prevención del bullying escolar, es trabajar con los bystanders o espectadores. Muchas veces nos centramos en la víctima y el agresor, pero hay un tercer actor: el grupo que mira, ríe, reenvía y no dice nada. Esos espectadores son fundamentales para romper la dinámica, pero necesitan herramientas concretas para poder hacerlo, porque cortar esa actitud de complicidad implica sobreponerse a mecanismos de presión social e incluso a posibles represalias. Luego, hay una estrategia más macro, que sería la alfabetización digital con perspectiva crítica y de género. Podemos enseñar a configurar la privacidad, a bloquear contactos, a denunciar la ciberviolencia; todo eso es útil. Pero si no desmontamos la idea de que el amor es posesión, de que en los espacios digitales todo vale, de que el anonimato es carta blanca para expresar opiniones sin ninguna responsabilidad, la lógica cultural que hay debajo seguirá reproduciendo el control.