
Tomado de: www.redsemlac-cuba.net
Por: Dixie Edith
Foto: Generada por Canva
Detrás de cada embarazo temprano hay brechas de género, silencios, desigualdades, fallos en la educación integral de la sexualidad y también violencias machistas, consideran especialistas de perfiles diversos en Cuba.
«Aunque el embarazo adolescente no es causa directa de violencia, sí lo son las condiciones en las que se produce», sostiene la psicóloga y demógrafa Matilde de la Caridad Molina Cintra, subdirectora del Centro de Estudios Demográficos (Cedem) de la Universidad de La Habana.
En su opinión, constituye “la mayor desarticulación de la fecundidad cubana” y un problema social, con capacidad para generar brechas múltiples y modificar el curso del desarrollo psicosocial de quienes lo viven, dijo en entrevista con SEMlac, en septiembre de 2025.
Otras investigaciones realizadas en la nación caribeña evidencian, además, que las vulnerabilidades del contexto familiar y de pareja agudizan la situación y aumentan el riesgo.
“La familia aparece como un espacio de transmisión de valores, en el cual los comportamientos reproductivos se repiten de una generación a otra. Los comportamientos que más comúnmente se repiten son: la edad de inicio de la reproducción, el tipo de unión y la anticoncepción”, señala el artículo “Embarazo adolescente y su expresión en el contexto familiar. Estudio de caso en los municipios Campechuela y San Miguel del Padrón”.
Este texto también apunta a un distanciamiento en la comunicación sobre temas de sexualidad y bajo control educativo en los hogares.
Fecundidad temprana en cifras
En 2024 se registró un ligero descenso de la fecundidad de las niñas entre 10 y 14 años (desde 1,5 por cada 1.000 de esas edades en 2023 a 1,3) y de las muchachas de 15 a 19 (de 52,5 en 2023 a 45,6 por cada 1.000 adolescentes del grupo), según datos publicados por el Observatorio de Cuba sobre Igualdad de Género.
Sin embargo, desde 2015 ese comportamiento prácticamente se ha mantenido en niveles muy similares y muestra una gran resistencia al descenso, valora Molina Cintra en el artículo “Tendencias de la fecundidad adolescente en Cuba hasta el 2020”.
En el grupo de 10 a 14 años de edad, las tasas han oscilado entre 1,2 y 1,5 nacimientos por cada 1.000 niñas; mientras, en el de 15 a 19 la tasa se ha mantenido en el orden de los 50 nacimientos por cada 1.000, indican los Anuarios Demográficos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (Onei).
Especialistas alertan, además, de un aumento de la contribución de las adolescentes a la fecundidad total del país. Así, si bien disminuye muy lentamente su nivel, “aumenta su peso en la estructura del comportamiento de la fecundidad”, se precisa el artículo “Fecundidad adolescente en Cuba, un problema social”, publicado en 2025 en la revista Novedades en Población.
En el análisis demográfico, el nivel está determinado por la intensidad de las tasas de fecundidad, en tanto el peso es la contribución que hace cada grupo de edades a la fecundidad total de la población, explica el texto firmado por Molina Cintra, la también psicóloga Daylin Rodríguez Javiqué y Antonio Aja Díaz, director del Cedem.
Además, la fecundidad adolescente en Cuba profundiza su heterogeneidad según zonas y municipios. Las provincias orientales se mantienen con las tasas más altas, incluso con comportamientos cercanos a los 65 nacimientos por cada 1.000 mujeres de estas edades, pero su incremento se ha extendido a todo el país.
Desigualdades que generan violencias
Muchas de las jóvenes que viven embarazos tempranos inician sus relaciones con hombres mayores que ellas y reproducen estereotipos de género que colocan a la figura masculina en una posición de poder.
Esta dinámica limita sus posibilidades de expresar opiniones y reduce su capacidad de negociación, incluso para el uso del condón. «Las razones para no usarlo reflejan, frecuentemente, que ellas acatan el criterio masculino», apuntó Molina Cintra a SEMlac.
Los resultados de la Encuesta Nacional de Fecundidad (ENF-2022), de la Onei, muestran que, entre las adolescentes de 15 a 19 años actualmente casadas o unidas, en 14,6 por ciento de los casos su cónyuge es 10 años o más mayor. En el grupo de 20 a 24 años, esta proporción fue del 19 por ciento.
En las zonas rurales, aproximadamente una de cada cuatro mujeres casadas o unidas, tanto en el grupo de 15-19 como en el de 20-24, tiene una pareja con 10 años o más mayor que ella. Para ambos grupos de edades, es en las mujeres de menor nivel educativo donde se concentra la mayoría de los casos.
«En la medida en que es menor la edad de la adolescente, esa distancia se hace cada vez mayor y las posibilidades para tomar decisiones propias para su autonomía corporal, económica y política se reducen cada vez más», explica Molina Cintra.
En opinión de la jurista Yamila González Ferrer, el papel de la familia es crucial y no siempre opera de manera positiva, pues «muchas veces son las madres y padres los que las incentivan a tener embarazos e incluso a mantener relaciones de pareja con hombres mayores», detalla.
«Cuando vemos a una niña de 12 años con un hombre de 40 o de 20, tiene que quedarnos claro que es un delito de violación, porque es una menor de edad», apunta la profesora de la Universidad de La Habana y vicepresidenta de la Unión de Juristas de Cuba (UNJC).
Molina Cintra también vincula el problema a determinantes como el inicio precoz de las relaciones sexuales, la falta de educación integral de la sexualidad, la baja percepción de riesgo, falta de autonomía corporal y una demanda insatisfecha de anticonceptivos.
La mayoría de las madres adolescentes, además, no trabajan y se dedican a las labores domésticas, lo que limita sus oportunidades.
De acuerdo con la demógrafa, el resultado es la configuración de un tipo de arreglo familiar monoparental, con abandono de los estudios, dependencia económica y sin calificación profesional. «Las jóvenes tienden a repetir los patrones aprendidos de formación familiar temprana», asegura.
Matrimonios o uniones tempranas: un factor de riesgo
El nuevo Código de las Familias, aprobado en 2022, eliminó la autorización excepcional para que las niñas se casaran desde los 14 años y emparejó la edad mínima para contraer matrimonios en 18 años para ambos sexos. Las cifras previas justificaban la intervención.
Entre las mujeres de entre 20 y 24 años, consultadas en la ENF-2022, 3,3 por ciento estaban casadas o mantenían una relación estable antes de cumplir los 15 años, y 21,3 por ciento, antes de cumplir los 18 años, publica el Observatorio de Cuba sobre Igualdad de Género.
En ambos casos, esto ocurre con mayor frecuencia en las zonas rurales, en el oriente del país y en muchachas con bajo nivel educativo (primaria o menos).
En tanto, entre 2016 y 2018 se formalizaron 61.203 matrimonios de menores; de ellos, 354 en edades comprendidas entre 14 y 15 años, precisan resultados de la sexta ronda de la Encuesta de Indicadores Múltiples por Conglomerados (MICS), realizada en 2019 por el Ministerio de Salud Pública con apoyo del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). Solo en 2022 se registraron 918 matrimonios de jóvenes entre 14 y 17 años.
“Esto no significa que no existan uniones de hecho entre adolescentes o entre adultos y adolescentes, un fenómeno mucho más complejo, peligroso y dañino”, dijo González Ferrer en entrevista con Unicef, como parte de la serie “35 voces por la infancia en Cuba”.
“Hay lugares donde esto se ha naturalizado y creo que es una labor importante resolverlo a partir de la educación, la cultura jurídica y la aplicación estricta de las normas, incluso en el ámbito penal, porque ahí están implicados hechos que son considerados delitos”, alertó la jurista.
Cuando una persona adulta tiene una relación con una persona menor de edad, hay un ejercicio de violencia, abuso de poder, expresiones de discriminación que definitivamente tenemos que desterrar; porque, además, eso tiene otra consecuencia que es la fecundidad adolescente, consideró.
Para modificar estos comportamientos, las especialistas insisten en la necesidad de implementar procesos de educación sexual integral orientados a fomentar la autosuficiencia y la autoestima.
«Es necesario hablar con claridad sobre sexualidad y sus riesgos, incluido el embarazo adolescente, y promover un papel más activo de las familias», sostiene Molina Cintra.
“La atención debe ser integral y multidisciplinaria, abordando problemas sociales vinculados como la violencia, las infecciones de transmisión sexual y las adicciones. Si lo que se aprende no genera reflexión, no se convierte en conocimiento», reflexiona.
Cerrar la brecha del embarazo adolescente, coinciden especialistas, pasa por intensificar la educación, romper con los estereotipos patriarcales, garantizar el acceso a anticonceptivos y brindar mayor acompañamiento a las familias.
«Pero lo más importante es que las familias y la sociedad entiendan que se trata de niñas, no de madres», insiste Molina Cintra. El objetivo último es que cada adolescente pueda desarrollar su máximo potencial sin que sus derechos se interrumpan.