Autores: Karen Tonantzi Ramírez Mijangos, María Isabel Palacios-Rangel y Jorge Gustavo Ocampo Ledesma
Publicado en: Memorias del Simposio Internacional 40 Aniversario del CIPS (Multimedia). Ediciones CiPS, ISBN: 978-959-85018-1-6
La definición generalmente conocida de la competitividad es la que se refiere a la capacidad de obtener y mantener cuotas de mercado, sin embargo, para Krugman (1994) esta definición no es adecuada para determinar el nivel competitivo de un país, pues una nación no quiebra o cierra operaciones cuando no es competitiva. La competitividad de una nación abarca una serie de factores que tienen como fin último mejorar la tasa de crecimiento de la productividad ya que cuanto más elevada sea, mejor será el nivel de vida de sus habitantes (Romo y Abdel, 2005). Por lo tanto, cuando se habla de la competitividad de un país se ponen en juego otras características como las instituciones, las políticas
públicas y la innovación que permitirán propiciar el entorno para que se desarrollen las empresas.
De acuerdo con el IICA (1995) las nuevas fuentes que alimentan la competencia no son los
precios, sino que provienen de cambios (innovaciones) tecnológicos, productivos y organizacionales; en este aspecto la competitividad de los países se asocia más con el proceso productivo de la nación que con las utilidades obtenidas por las empresas. Porter (1991) define a la innovación como “además de las tecnologías nuevas, métodos nuevos o nuevas maneras de hacer las cosas que a veces parecen bastante comunes”.